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| Los tres protagonistas bajo la atenta mirada de Mora |
A
las tres perras, un perro y 3 gatas que habitaban en una casa de un pequeño pueblo de Maragatería, se les sumó una pareja de gallo y gallina.
Llegaron
a las 2 de la tarde de un miércoles, junto a la habitual cesta de frutas y
verduras que la dueña solía elegir, como si se tratase de diamantes,
recorriendo puesto por puesto el mercado semanal en el que se vendían los productos cultivados en 20 kilómetros a
la redonda.
Al
poco tiempo de llegar a la casa, ya correteaba por el patio un pollito que fue
creciendo hasta convertirse en un respetable gallo.
Hasta
aquí todo normal. Lo triste de la historia está en que cuanto más crecía el
pollito, mayor era el rechazo del gallo padre, quien lo veía un competidor con
el que no estaba dispuesto a compartir su gallina.
Los
picotazos y pisotones, pero sobre todo la afilada cuchilla de su espolón,
mantenían a raya a un gallito que, con tristeza infinita, deambulaba por el patio
con la cabeza gacha.
La
gallina, por su parte, una vez superada la etapa de madre nodriza, se mostraba encantada
y dispuesta a probar nuevas relaciones y experiencias amatorias, sin
exclusividades.
Pero
el gallo alfa cortó de raíz cualquier principio de flirteo que no le tuviese a
él como protagonista, obligando a “su” pareja a picotear y a maltratar al
gallito cada vez que tenía la mala fortuna de cruzarse en su camino.
Empieza
así, la época más oscura y triste de cuantas se han vivido entre unos muros
que, hasta ese momento, habían sido testigos de escenas “multiespecies” nada
habituales.
Sus piedras han visto, por ejemplo, a la perra Sena aplicando su
lengua curativa a heridas y sarpullidos de todo bicho viviente, incluidas las gatas,
una lechuza acogida temporalmente para superar una herida en un ala o cachorros
humanos que de vez en cuando visitan, con gran alborozo, esta peculiar
comunidad. Incluso se han emocionado, a pesar de su condición pétrea, contemplando
a la perra Mora amamantando y cuidando con maternal desvelo a la gata Luna.
Un
día cualquiera, siguiendo al perro Rufo, sin darse cuenta se encontró dentro
del vestíbulo de la casa. La ausencia de rechazo le dio nuevos ánimos y en los
días siguientes ya no necesitó un despiste para traspasar, todavía con mucha
timidez, la puerta que durante tantos meses había considerado prohibida.
Al
séptimo día se arriesgó más allá del vestíbulo y, no había dado ni 10 pasos
hacia la escalera que sube a las habitaciones, cuando se encontró, frente a
frente, con un gallo que nunca había visto antes, y que, como él, huyó despavorido…
En su carrera hacia la salida tuvo tiempo de mirar hacia atrás y vio cómo su
asustado congénere también lo miraba de soslayo en su escapada.
Al
día siguiente repitió la incursión y, allí, a los pies de la escalera, le
esperaba lleno de curiosidad su nuevo amigo.
Se
acercó con timidez y con sus plumas esponjadas para simular un cuerpo de un par
de tallas más.
Automáticamente
comprobó cómo su amigo también se pavoneaba delante suyo; pero su cara era tan
dulce, su expresión tan triste y esperanzada a la vez que se olvidó de hacer el
gallito, relajó el plumaje y se acurrucó cómodamente frente a su amigo, del que
no quería perderse ni un solo detalle; actitud escudriñadora que resultó ser meticulosamente
recíproca.
En
estas citas, que se repetían a diario y siempre en el mismo lugar, los dos
amigos se contemplaban durante horas, sin descanso ni para parpadear (¡cómo
agradecieron la existencia de su tercer párpado en estas circunstancias!),
entregándose en cuerpo y alma al cultivo de una amistad que, en un tiempo
récord, les permitió superar la amargura de la soledad.
Cuando
el atardecer, el agotamiento o algún visitante incomodado por la presencia de
las aves en el interior de la casa les obligaba a separarse, lo hacían siempre
por sendas diametralmente opuestas, despidiéndose con la mirada hasta el día
siguiente.
Toda
la comunidad recuerda que el vacío en el hueco de la escalera que sube a las
habitaciones se produjo en pleno invierno, durante esos días en los que un sin
fin de estrellas llenan la noche con un brillo especial para advertirnos de un
amanecer helador, de los que hacen virar todos los colores al blanco y congelan
lo que encuentran a la intemperie.
Y
lo recuerdan porque coincidió con una visión de madrugada que ha permanecido
grabada en la memoria colectiva, la de dos patas de gallina cercadas por el
hielo y apuntando al cielo desde una de las bañeras instaladas en la huerta para
recoger el agua de lluvia.
El
resto de los miembros de la comunidad, aunque incapaces de analizar las causas,
fueron conscientes de las consecuencias al ver deambular sin rumbo al gallo
viudo, quien al verse privado del apoyo psicológico de su amada se mostraba
incapaz de enfrentarse en solitario a su suerte.
En
la misma época se produjo otro acontecimiento, de tipo natural, que aceleró los
cambios que se avecinaban: el espolón del gallito superó en tamaño y fortaleza
al del, hasta ese momento, rey del corral.
El
reinado actual, aunque libre totalmente de violencia, ha impuesto unas
estrictas normas de convivencia que han tenido dos consecuencias para el gallo
destronado.
Ahora
es él quien visita con regularidad a un nuevo amigo con el que también se
encuentra al pie de la escalera que sube a las habitaciones.
En
cuanto al nuevo gallo alfa, se ha visto recompensado de sus sufrimientos
pasados con la compañía de dos gallinas rubicundas con quienes comparte su vida
en un alegre triángulo que produce dos huevos diarios. Cualquier día, por
tanto, veremos corretear por el patio a otros pollitos con los que tejer nuevas
historias de amor, odio, rencor, amistad, envidia, generosidad… al modo de las
grandes tragedias de los humanos.





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